jueves, 12 de junio de 2014


Ahora recuerdo también los días que pasamos en el desierto. Estábamos sentados en una vieja cabaña que había construido Frederik, un alemán que renunció a su país para quedarse en medio de la nada. Entonces observé  a Silvia y pude confirmar su belleza; un color de piel trigueño, su voz melosa y amable, que te acariciaba el alma con sólo escucharle. En aquellos días nos acostumbrábamos a la geografía desolada, descubriendo los encantos del desierto. Cactus sembrados por el capricho de la naturaleza, cubiertos de numerosas espinas. Sentíamos como si el desierto nos revelara su misterio. El sol nos castigaba con sus rayos como lanzas implacables, y pagamos nuestra cuota: días de quemaduras; ¿cómo logramos salir del desierto? También es un misterio No comimos con abundancia, y sólo la planta mágica del desierto nos ayudó a sobrevivir en medio de tanta arena, en medio de tanta nada. El peyote es un cactus agrio; al principio sientes el amargor en la boca y una abundante saliva que te refresca los labios. Luego pasas a un estado de lucidez. Entonces me maravillé al observar cómo se levantaba la arena; parecía una alfombra que se alzaba y flotaba llevándonos a ritmos apresurados. También vi caballos salvajes que corrían levantando nubes que se desvanecían en el desierto.
 
Julián Sorel