Me siento como una gota de agua que no termina de caer, pero convencido de que cuando caiga, se estrellará hasta ser devorada por el asfalto de esta ciudad.
Nuevamente de Julián Sorel (cada día es más cursi).
El viento llega con retardo y acaricia mis mejillas con la suavidad del recién nacido. Yo contemplo el paisaje estudiantil, son pocos los espacios boscosos que se conservan en Ciudad Universitaria. Los árboles mueven ligeramente sus ramas saludando al caminante. La tarde se impone despacio como una amante avejentada, sin prisa.
Algunos estudiantes se tiran al jardín para abrazarse y proseguir su danza de enamorados...
Se extrañan las compañías de parranda, esas amistades que comparten contigo la amargura, que levantan el vaso repleto de cerveza y lo estrellan con el tuyo en señal de complicidad. Esas amistades no te dejan, como dicen, morir sólo. Al contrario, comprenden tu pena y lloran cuando escuchan tu relato estremecedor, y lloran como ayudándote con las lágrimas que brotan por tus recuerdos tormentosos. O te alegran la noche y la mañana con su carcajada espontánea. Esas amistades son las que hay que cuidar; se necesita una gran confianza para intercambiar secretos que se olvidan al día siguiente o se guardan para toda la vida. Las compañías de parranda vacían su alma. Lo sucio y lo transparente del corazón se resbalan igual que la espuma de la cerveza. Secretos y confesiones en medio de una abundante humareda. Y es a raja tabla como se hablan las cosas con los amigos; nada de medias palabras. “La quieres o no”, las frases cortadas o las verdades cojas no caben en la taberna donde te sirven por sexta ocasión el vaso de vino. Y por sexta ocasión has dicho que la quieres, que nunca habías amado a una mujer como a ella. Si la mujer amada supiera las verdades que se escupen en mitad de la noche, llegaría hasta tu lugar extendiendo los brazos y haciéndote un juramento de amor eterno.