Para Sandra F. Díaz Segura
A mi padre le gusta el béisbol, adora las patas de puerco capeadas y siempre le ha temido al agua clorada de las albercas. Él pensaba en el periodismo como una carrera de chismosos, y yo le confesaba que el bésibol era un juego de tarugos, pero siempre nos hemos respetado. Él aceptó que yo me convertiría en un profesional del ejercicio periodístico, y yo fingí que me contagiaba de su entusiasmo beisbolero.
Para mí el peridodismo es una profesión, y una pasión. La vida está llena de significados y el reportero debe desvelarlos.
Desde mis años en el bachillerato universitario me incliné por esta profesión; por realizar reportajes, entrevistas, crónicas, en esta -como dijo Vicente Leñero- "pequeña novela cotidiana".
Sin embargo, en nuestra infancia comenzamos delirando sueños compartidos con nuestros héroes. Dice mi madre que en la primaria yo quería ser policía; eso no lo sé de cierto, pero no la desmiento porque los niños quieren ser bomberos, polícías o héroes. No obstante, tengo la presencia con mayor fuerza de los bomberos. Un día nos salvaron de un enjambre. El Lalo, El Roco, El Cape y yo (la palomilla de entonces) nos dimos cuenta de que en el jardín, cercano a nuestras casas, se había instalado una comunidad de abejas. Corrimos apresurados a nuestros domicilios, pues el sonido que venía de esa especie de balón de fútbol americano era un tanto aterrador, como si estuvieran por caerse los cables de alta tensión que pasaban por los barrios miserables de mi colonia. Entonces rememoré que a un tipo lo habían matado unas abejas africanas; esa simple evocación fue suficiente para desaparecer de la escena. A los diez minutos llegaron los bomberos (y no los policías; desde niño supe que en nuestro país son los últimos en aparecer), con sus uniformes, cascos y guantes, mostrando su valentía. Con amabilidad nos pidieron que retrocediréramos, y debido a mi curiosidad imperante sólo di diez pasos atrás, en señal de obediencia; luego me oculté en un árbol que no tenía ramas. Desde allí logré observar una de las primeras lecciones de heroísmo.
Además recuerdo que cursé la primaria en la escuela Miguel Ramos Arizpe. Estudié en el sexenio lopezportillista; también tengo presente que no pateaba balones de fútbol ni haberme enamorado de ninguna maestra. Los profesores poco hablaban de sus intrigas, y estaba muy lejos de nuestro imaginario el terror de la educación: Elba Esther Gordillo.
Si el lector desea conocer la autobiografía de Julián Sorel, favor de solicitarla al correo electrónico de El hijo de la salmonela.
A mi padre le gusta el béisbol, adora las patas de puerco capeadas y siempre le ha temido al agua clorada de las albercas. Él pensaba en el periodismo como una carrera de chismosos, y yo le confesaba que el bésibol era un juego de tarugos, pero siempre nos hemos respetado. Él aceptó que yo me convertiría en un profesional del ejercicio periodístico, y yo fingí que me contagiaba de su entusiasmo beisbolero.
Para mí el peridodismo es una profesión, y una pasión. La vida está llena de significados y el reportero debe desvelarlos.
Desde mis años en el bachillerato universitario me incliné por esta profesión; por realizar reportajes, entrevistas, crónicas, en esta -como dijo Vicente Leñero- "pequeña novela cotidiana".
Sin embargo, en nuestra infancia comenzamos delirando sueños compartidos con nuestros héroes. Dice mi madre que en la primaria yo quería ser policía; eso no lo sé de cierto, pero no la desmiento porque los niños quieren ser bomberos, polícías o héroes. No obstante, tengo la presencia con mayor fuerza de los bomberos. Un día nos salvaron de un enjambre. El Lalo, El Roco, El Cape y yo (la palomilla de entonces) nos dimos cuenta de que en el jardín, cercano a nuestras casas, se había instalado una comunidad de abejas. Corrimos apresurados a nuestros domicilios, pues el sonido que venía de esa especie de balón de fútbol americano era un tanto aterrador, como si estuvieran por caerse los cables de alta tensión que pasaban por los barrios miserables de mi colonia. Entonces rememoré que a un tipo lo habían matado unas abejas africanas; esa simple evocación fue suficiente para desaparecer de la escena. A los diez minutos llegaron los bomberos (y no los policías; desde niño supe que en nuestro país son los últimos en aparecer), con sus uniformes, cascos y guantes, mostrando su valentía. Con amabilidad nos pidieron que retrocediréramos, y debido a mi curiosidad imperante sólo di diez pasos atrás, en señal de obediencia; luego me oculté en un árbol que no tenía ramas. Desde allí logré observar una de las primeras lecciones de heroísmo.
Además recuerdo que cursé la primaria en la escuela Miguel Ramos Arizpe. Estudié en el sexenio lopezportillista; también tengo presente que no pateaba balones de fútbol ni haberme enamorado de ninguna maestra. Los profesores poco hablaban de sus intrigas, y estaba muy lejos de nuestro imaginario el terror de la educación: Elba Esther Gordillo.
Si el lector desea conocer la autobiografía de Julián Sorel, favor de solicitarla al correo electrónico de El hijo de la salmonela.

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