Para Carlos Ramírez y Octavio Olvera
Se extrañan las compañías de parranda, esas amistades que comparten contigo la amargura, que levantan el vaso repleto de cerveza y lo estrellan con el tuyo en señal de complicidad. Esas amistades no te dejan, como dicen, morir sólo. Al contrario, comprenden tu pena y lloran cuando escuchan tu relato estremecedor, y lloran como ayudándote con las lágrimas que brotan por tus recuerdos tormentosos. O te alegran la noche y la mañana con su carcajada espontánea. Esas amistades son las que hay que cuidar; se necesita una gran confianza para intercambiar secretos que se olvidan al día siguiente o se guardan para toda la vida. Las compañías de parranda vacían su alma. Lo sucio y lo transparente del corazón se resbalan igual que la espuma de la cerveza. Secretos y confesiones en medio de una abundante humareda. Y es a raja tabla como se hablan las cosas con los amigos; nada de medias palabras. “La quieres o no”, las frases cortadas o las verdades cojas no caben en la taberna donde te sirven por sexta ocasión el vaso de vino. Y por sexta ocasión has dicho que la quieres, que nunca habías amado a una mujer como a ella. Si la mujer amada supiera las verdades que se escupen en mitad de la noche, llegaría hasta tu lugar extendiendo los brazos y haciéndote un juramento de amor eterno.
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